OMG! Mi historia con Rocky IV 😁

Café Cargado Carlos Rippol

📺 🏃🏻‍♂️ 🥊

Por Carlos Rippol  [email protected]

Después de ver cómo Rocky vencía a Iván Drago quise ser boxeador. Durante varios días le insistí a mi mamá que me inscribiera a clases de box. Salía a correr una hora todas las mañanas con la gorra de la sudadera cubriéndome la cabeza, y saludaba con la mano a cualquiera que se me cruzaba en el camino. Cuando vi que en el gimnasio todo eran aparatos, como los que usaba Drago, decidí entrenar en mi casa. Un piedra y una cadena ejercitaban mis brazos. Un banco de madera, mis piernas y abdomen.
Después de un mes me sentí listo para mi primera pelea. Resolví que sería sin guantes y contra el más bravucón de la escuela: un chico un poco más alto que yo al que apodaban Carnicero. Planeé provocarle en el recreo y retarlo a pelear a la salida.
A penas sonó la campana del descanso fui a buscarlo al patio. Cuando lo vi, me acerqué a el, le di un empujón y le dije:
-Eh, tú, imbécil, te reto a…
Pero no pude ni terminar la frase, el puño de Carnicero se me clavó en los dientes y me tiró dos de arriba. Me tuvieron que llevar de urgencia al dentista. Ahora sólo practico box en el Play Station y ya no me interesa ver más películas de Rocky.

OMG! “El supremacista del metro”

Café Cargado

☕️🚇🤛

 

Por Carlos Rippol     [email protected]

¡Aquí no hay paso”, rugió con un odio que me puso los pelos de punta. El tipo era tan alto que el techo del vagón le hacía inclinar ligeramente la cabeza. Vestía un overol negro que le cubría los brazos. Nos miraba a través de sus lentes oscuros. No podíamos verle a los ojos. Era de tez muy blanca, casi albino, con el pelo muy rubio y largo. Sus lentes de sol le cubrían la mitad del rostro. Llevaba una gorra con visera y botas militares, también negras. Su atuendo oscuro exageraba la blancura de su piel, pero lo que más me impactó era que su overol estaba tapizado de suásticas rojas, el símbolo nazi, muchas suásticas rojas.

Éramos cuatro y estábamos entre las tres paredes del último vagón del tren y un gigante albino. Detrás de mí había una pareja de novios y a mi lado un muchacho muy delgado. El tren llevaba diez minutos parado dentro del túnel. Todo se desató cuando el muchacho intentó pasar hacia el otro lado del vagón por detrás del gigante albino. Fue cuando éste gritó que no había paso. Yo ni siquiera había notado al tipo, pues venía absorto en mi teléfono celular. Pasaban de las once de la noche, por eso el tren iba casi vacío.

dan roizer unsplash
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El muchacho delgado intentó cruzar de nuevo hacia el otro lado del vagón en un movimiento rápido, pero el albino reaccionó tirándole un puñetazo en la cara que lo mando al piso. Los demás nos quedamos congelados en nuestro sitio mientras el gigante flexionaba sus piernas y ponía sus puños en guardia, como esperando un ataque de nuestra parte. 

Temí que el tipo desenfundara una pistola y nos masacrara a balazos. La sangre se me subió a la cabeza y mi boca estaba seca. En eso, el tren reanudó su marcha y el chico delgado se levantó del suelo. La nariz le chorreaba sangre. Creo que a los cuatro nos quedó muy claro lo que iba a pasar.

Alejandro unsplash
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Nos pusimos en guardia también, atentos a cualquier movimiento del gigante. La chica sacó algo de su mochila y después la tiró a un lado. Eran dos enormes agujas de tejido que empuñó como si tuviera dos grandes cuchillos listos para clavar. Al verla se me ocurrió sacar las llaves de mi casa: tenía una de esas largas que terminan en punta. La empuñé con rabia.

“Déjese venir, compa”, gritó el novio de la chica. El tren llegó por fin a la estación, que estaba desolada, sin nadie a quien pedir ayuda. El pensar que venderíamos cara nuestra muerte, si así tenía que ser, me dio ánimos y coraje.

Yo creo que el albino nunca se esperó esa reacción de nuestra parte y menos de la chica, de quien parecía cuidarse más. El tren se detuvo, abrió sus puertas y fue entonces que el gigante dio un salto hacia afuera antes de que se volvieran a cerrar y el tren arrancara rumbo a la siguiente estación. ¡Uff!

OMG! Celular vs libros

Café Cargado

☕️📱🆚📚

 

Por Carlos Rippol   [email protected]

Te levantas tarde aunque no te desvelaste. Te sientes descansado: tu mente y tu cuerpo están frescos. Lo primero que haces es abrigarte. Te pones tu sudadera nueva, esa que tiene estampada la calavera de The Punisher y que llevas muchos días usando. Después del baño vas directamente a la cocina a tomar agua y a poner la cafeína necesaria para terminar de despertar.

Pones en marcha tu cafetera, tu fiel e incansable cafetera Taurus, esa marca que desde ahora vas a recomendar si alguien te pregunta qué cafetera recomiendas. Luego vas al sillón a esperar a que el café esté listo. El Pekas, que te ha seguido desde que te levantaste, aprovecha para subirse en tus piernas. Quiere que lo acaricies, como siempre. Y lo haces gustoso, como siempre.

Después el Pekas se acurruca en otro sillón y tú tomas tu teléfono para entrar a Twitter y ver las noticias, pero te arrepientes. Recuerdas que te prometiste no perder tanto tiempo en el celular. Así que lo pones en la mesa del comedor para alejarlo, para no caer en la tentación y librarte del mal.

Buscas un libro, tienes tantos libros por leer, y ves uno de Vallejo, otro de Villoro y más allá uno de Anderson. Los pones delante de ti y no te decides. Te llega el primer aroma del café recién hecho. Piensas en lo bien que huele el café Illy y en que vale la pena aunque sea el más caro de los que venden en el súper. Dejas los libros y vas a servirte una taza. El Pekas te sigue como una sombra. Te sirves despacio tu primera taza de café para no derramar ni una gota.

Antes de regresar al sillón das tu primer sorbo. A toda madre. Pasas por el comedor y ves tu celular. Te detienes un momento delante de él para dar otro sorbo y te preguntas si no te estarás perdiendo de algo interesante. De alguna información urgente, vital, o de algún chisme contado sin pudor y con detalles en OMG!, pero no, te sigues de largo rumbo al sillón.

Vuelves a mirar los libros. Aún no te decides. Das otro sorbo al café y entonces recuerdas que la lectura que has disfrutado últimamente no está en papel. Te levantas a tomar tu celular y ya no te sientes culpable. 🤔

OMG! La Reinota y los rostros de un movimiento.

☕️👸🏻🏃🏻‍♀️

Por Carlos Rippol  [email protected]

Cuando vi en Twitter que “Reinota” era tendencia, pensé que el tema tenía que ver con algún honorable miembro de la farándula o con la mañanera del Peje. Pero no, tenía que ver con algo que ocurrió durante la marcha del día Internacional de la mujer en el Zócalo de la CDMX, el 8 de marzo pasado, y más en específico con la usuaria de Twitter @LilaCizas, quien se hace llamar La Reinota en esa misma red. Se había vuelto viral un video donde se ve cómo ella devuelve una bomba de humo a las policías que estaban del otro lado de la muralla que protegía la fachada de Palacio Nacional. Al día siguiente en las redes sociales la comunidad feminista tenía una nueva heroína. “Me cuidan mis amigas, no la policía y me cuida #LaReinota”. “Ella sí me representa, es hermana, guerrera y protectora”. “¡Quiero ir y darte un abrazo, morra poderosa!”. “¡Gracias por emocionarnos con tu acto de sororidad y lucha!”, le escribieron muchas jóvenes.

“Un gusto haberle regresado el gas a los policías que claramente tenían la orden de atacarnos de esa manera. Mentira @lopezobrador_ @Claudiashein que no había gas. Cientos de mujeres sofocadas pero fíjate…. jamás calladas!”, escribió ella en su perfil de Twitter.

En los días siguientes los haters le cobraron el precio de la viralidad. “Ni guerrera azteca ni amazona, ni hazaña. Guerreras las mujeres que luchan todos los días en los hospitales contra el Covid”. “Pobrecita das lástima si te creíste lo de guerrera, ponte a trabajar, a mejorar esta sociedad no ha convertirla en una sociedad retrógrada. Y ponte hacer ejercicio mejor”. Pero La Reinota ha dicho que los comentarios gordofóbicos le valen y pide que no le manden dietas.

Su nombre es Hellen. Su hazaña fue noticia en la TV, en la radio y en la prensa. Muchas tuiteras la homenajearon con dibujos del momento en que regresa la bomba de humo. Por ahí un chico le compuso un rap y unos piñateros, a quienes muchos señalan de “oportunistas misóginos”, fabricaron una piñata con su figura para capitalizar la nota, por supuesto. Ella ha pedido que la deslinden de esto.

¿Es La Reinota el rostro de esta lucha?  Creo que uno de tantos. ¿Puede considerarse como una líder de este movimiento? Es la heroína del momento y bien por ella, fue valiente, yo no hubiera hecho lo que hizo.

La víspera de la marcha, el 7 de marzo, acompañé a mi hija adolescente a la muralla que protegía el Palacio Nacional. Deseaba tomarle fotos. Ese día el gobierno había usado cerca de dos kilómetros de muros de acero para proteger varios edificios y comercios. Llegamos al Zócalo justo cuando una cuadrilla de chicos fuertes, uniformados de negro, terminaban de poner los últimos bloques de acero en la fachada de la Catedral Metropolitana. Pisándoles los talones, un grupo de chicas iban limpiando cada bloque y colocando y escribiendo en él consignas y nombres, muchos nombres de mujeres, los rostros de este movimiento.

A partir de lo que las chicas escribían fuimos recorriendo cada bloque de los muros de la Catedral y de Palacio Nacional, leyendo las consignas, los mensajes, los gritos, la frustración, las advertencias. Uno me dejó frío: “Si un día soy yo, si un día no vuelvo, quémenlo todo”.

Desde lejos vimos el gran título que encabezaba los cientos de nombres, de rostros, escritos en los muros: “Víctimas de feminicidios”. Además de los nombres había consignas, fotos, cartulinas, veladoras, flores, muchas flores. La muralla era un gran collage, obra de chicas en su mayoría muy jóvenes, como La Reinota, que andan de tenis, jeans, sudaderas, con sus cámaras, pintura, cartulinas y plumones. Con sus cabellos pintados de verde, azul, amarillo, y llenas de indignación y de furia.

Por la noche, en casa, vimos las fotografías que mi hija tomó. Le sugerí hacer un video con ellas. No me comentó nada. Al día siguiente vi que subió varias imágenes a sus redes con este mensaje: “Les quiero compartir unas fotos que tomé ayer porque me hacía muy feliz estar rodeada de mujeres tan valientes”.

OMG! El día más temido

Café Cargado

☕️🐶🦮

Por Carlos Rippol  [email protected]

A Pekas le permito cosas que un estricto entrenador de perros reprobaría: lo dejo subir a mi cama, que muerda mis calcetines y que se eche en mis piernas cuando me acomodo en el sillón. Disciplinarlo siempre ha sido un problema para mí. Aún siento culpa – entristezco- cuando tengo que gritarle para que me haga caso. Pero en general soy un dueño barco, o un consentidor, según como se mire. Dicen que para disfrutar de un perro no hay que tratar de volverlo humano, sino que uno debe abrirse a la posibilidad de ser más animal.

Café Cargado
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Cuando salimos de paseo Pekas atrae las miradas sobre nosotros. Es un maltés muy bonito y simpático que se deja querer. Rara vez rechaza una caricia o teme a alguna mano que se le acerque. Cuando lo adoptamos era una bolita de pelos café con leche, después de dos años cambió a blanco. Más de una vez me han ofrecido dinero por él. Un día un tipo quiso robárselo. La mayor parte del tiempo es un amor, una chulada de perro, un corderito de dios. Hasta su postura de ataque causa sensación: se para en dos patas como si se pusiera en guardia, como si fuera a boxear. Le funciona con los perros más grandes que él. No saben que hacer y mejor se van.

Sólo hay dos cosas que lo sacan de quicio: las patinetas, de las que es un incansable perseguidor, y la Jerga, un perro afgano blanco tres veces más grande que él que vive cerca de nuestra casa. Un día, aún cachorro, Pekas se le acercó amistoso, saltarín, feliz como es él, y la Jerga, bravucón y soberbio, le soltó tremendos ladridos. Mi pequeño maltés se quedó temblando. Desde entonces, cada vez que topamos con la Jerga (ese nombre le pusimos), Pekas tiembla de rabia.

Café Cargado
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Cada que lo ve bufa, enseña los colmillos y ladra furioso. No puedo controlarlo, nadie puede cuando se pone así. Es tal su ofuscación que hasta muerde. A mi esposa ya le tocó un rasguño de dientes. Imposible creer que ese pequeño peludo que da abrazos viva semejante delirio. Pero sólo le pasa cuando ve a su archienemigo. Siempre temí el día en que Pekas y la Jerga se encontraran en la plaza donde ambos pasean libres.

Ocurrió una mañana de domingo. Pekas estaba a unos veinte metros de mí, correteaba a los pájaros, olfateaba el suelo, se movía de un lado a otro dando saltitos. Sólo él y yo en medio de la plaza, trecientos metros cuadrados para corretear, brincar, saltar. De repente fap, fap, fap sonaron unas pisadas sobre el pavimento detrás de mí. Volteé hacia mi izquierda pero la Jerga pasó por el otro lado a gran velocidad. Vi su melena blanca de reojo. Se detuvo frente a Pekas. Fue una sorpresa para ambos. Creo que la Jerga no lo había reconocido. Luego lo hizo.

Se miraron uno a otro a los ojos, sin quitarse la vista ni un instante, y después pasaron la lengua por los dientes. En seguida, despacito, comenzaron a dar vueltas, mirándose todo el tiempo de frente. Quise gritar “Pekas, ven aquí”, pero no me atreví. ¿Y si lo altero? ¿Si lo asusto y se le va encima? Era evidente que la Jerga podía lastimarlo. Es tres veces más grande y fuerte. El dueño del afgano blanco, que siempre ha sido indiferente a ese conflicto, sonreía.

Pekas y la Jerga seguían mirándose de frente. Se movían muy despacio. Entonces, más tranquilos, se olieron el trasero, y unos momentos después cada uno corrió con su dueño, así sin más, sin ladridos ni gestos. Ambos fueron velozmente sujetados con sus correas. Me di la vuelta y me dirigí a casa todavía muy nervioso. Había imaginado a Pekas lleno de sangre, su pelo lleno de manchas rojas y yo corriendo al veterinario.

En fin, que lo que temía, pasó, y afortunadamente no cómo lo imaginé. Espero que lo más feo que tenga que contar de mi pequeño maltés sea cómo se apropió de uno de los sillones de la sala, o cómo nos despierta religiosamente, día tras día, para exigirnos su paseo mañanero. Lo quiero mucho y él a mí. Cada que me abraza retumba en mi cabeza aquella frase de “el perro es el único ser que te quiere más que tú mismo”.

OMG! Hijos sanos del patriarcado

Por Carlos Rippol   [email protected]

Un hombre maduro acuerda con una joven mujer verse en un restaurante para hablar del empleo que él puede ofrecerle a ella. De último momento él cambia el plan: le dice a la joven que la cita será en su casa. Ella accede, desde luego, le interesa y necesita el empleo, y llega a casa del hombre pensando que toda su capacidad y experiencia se lo darán. Apenas llega, él le ofrece un trago. Ella se niega. Trata de dirigir la conversación hacia el tema del empleo pero él, en cambio, le dice lo sexy y guapa que le parece. Del trabajo, nada. Ella insiste en hablar de los proyectos que pueden hacer juntos pero él sólo tiene halagos para su belleza. Por fin, él se lanza con todo y le toca la pierna. No, no la toca, la masajea, la masajea y extiende su mano y casi puede tocarle la ingle mientras se lleva la otra mano a su pene. Ella no sabe bien qué hacer, comienza a pensar en cómo despedirse de forma amable pero lo que en realidad quiere es salir huyendo de ahí.

¿Acoso sexual? ¿Abuso de poder?

Otro caso. Dos jóvenes amigos, profesionales exitosos, hombre y mujer salen de juerga con otros camaradas. La pasan bomba. Muchos tragos, buena comida, buena música. Terminan ebrios. Ella mucho más, no puede ni caminar. Él le dice que no se preocupe, que la llevará a su casa. Y así sucede. Ella está tan ebria que no puede ni abrir la puerta. Él la ayuda a entrar al departamento. La carga hasta su cama. La acuesta, le quita los zapatos, le acomoda la cabeza. Mira a su amiga tendida en la cama, dormida, casi inconsciente, tan guapa, tan vulnerable, tan sola, tan dispuesta, tan apetecible. La desviste, la acaricia y abusa de ella.

¿Violación?

Estos dos caballeros no son ningunos monstruos. Incluso pueden ser apreciados por su carisma o inteligencia. Hasta podemos convivir con ellos, saludarlos cada mañana y tenerlos presentes en nuestro día a día. Son, simplemente, unos hijos sanos del patriarcado. Unos buenos hijos del patriarcado que han aprendido, desde niños, a cazar, a seducir, a aprovechar la oportunidad, a tomar lo que es suyo. Han aprendido, como la mayoría de los hombres, que nacieron del lado ganador, y que las mujeres están para servirles y darles placer.

Así que estos caballeros no sentirán remordimientos por estos actos. Y si los tienen, los desecharán de inmediato. Más bien se felicitarán por su audacia. El violador se lamentará de no haber hecho video. El acosador, de no haberse arriesgado a más. Y ambos sonreirán cuando piensen en lo que les dirán sus camaradas al contarles su hazaña: palmadas en el hombro, hurras, pulgares arriba.

Alguna vez leí por ahí que los hombres que violan mujeres no son bestias buscando placer, no, son “hijos sanos del patriarcado”, es decir, son individuos reafirmando la crianza, las creencias y el poder que les da un mundo hecho a modo por y para los hombres. Es esto lo que las feministas quieren tirar. Y todos estos abusos les dan la razón.

OMG! Mueve tus caderas

Café Cargado

☕️🕺🏻💃🏻

Por Carlos Rippol  [email protected]

En estas últimas semanas, navegando en el barco de nuestra nueva normalidad, me ha asaltado, con arma blanca, un impulso extraño para mí: ganas de bailar. Quizá iniciaron, no lo puedo asegurar, desde que abrí mi cuenta en Tik Tok, cuyo algoritmo te avienta a destajo coreografía tras coreografía de merengue, reguetón o salsa en línea. El caso es que: ¿junta improvisada de la oficina en zoom al quince para las seis? Unos pasitos de break dace para sacar el enfado. ¿Lees en las noticias que en tu país la primera fase de vacunación contra el Covid-19 se atrasa más y más? Un, dos, tres, ¡chévere! ¿Se te revela (ooootra vez) como una epifanía que cada día tienes que levantarte a chingarle por que estás en la base de la pirámide? ¡Azúcar!

Andre Hunter unsplash
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Y estas desconocidas ganas de mover el bote me ocurren también cuando por las tardes paseo a mi buen lomito alrededor de la plaza. Veo a los adolescentes frente a las paredes de espejos practicar sus de K-pop, y mis piecitos se mueven. Lo mismo cuando me acerco a ver qué nuevos pasos tienen los del grupito que baila shuffle. Incluso en casa he intentado unos pasos de este baile, pero lo dejé cuando esposa e hija me dijeron que parecía Piporro bailando el taconazo. Cámara, no me agüito. Por eso cuando también escucho al gaitero que por las tardes vacía sus pulmones bajo el Monumento a la Revolución, imagino las danzas al ritmo de gaitas en Asturias, Escocia o Inglaterra. Suponiendo que esas danzas existan, claro.

Preillumination Unsplash
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Estas sorpresivas ganas de menearme me duraron con todo ímpetu, hasta que el otro día, un sabadito alegre, mi esposa me invitó a la sala de la casa a bailar una cumbia. Ella me dice que la cumbia es mi ritmo, el que mejor bailo, aunque yo me empeñe neciamente en el son cubano. Pasó que después de lucirme a ritmo de “Tus jefes no me quieren”, se me ocurrió poner una cancion de la enorme Celia Cruz. Y ahí estaba yo, recontento de mover mis pies a toda velocidad mientras sonaba “Quimbara quimbara quma quimbamba”, cuando de repente me sobrevino lo que pareció ser una asomo, una amenaza, una alerta de soponcio. ¡Pum! Párale en seco. Tranquilo, señor, tome aire. ¡Y ya siéntese, por favor!

Anthony Fomin Unsplash
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En fin, que las ganas de balancearme al son de lo que poray se escuche, siguen, aunque con moderación y mesura. Porque hay que aprovechar lo que se pueda los beneficios del bailongo, sobre todo, del buen humor en que te deja.

Además, “mue-ve tus ca-de-ras, cuan-do to-do va-ya mal”, canta Joquín Sabina. ¿O no?

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OMG! ¡Volveremos!

Café Cargado

Por Carlos Rippol  [email protected]

Creemos, cada noche, al acostarnos, que el día siguiente llegará como el de hoy. Que al abrir los ojos, en ese nuevo día, veremos de nuevo el mismo sol entrar por la ventana y que alguien más nos dará los buenos días. Que nos daremos una ducha y nos pondremos la ropa y los zapatos. Que volveremos a servirnos una buena taza de humeante café y un buen desayuno mientras leemos las noticias, las buenas y malas noticias. Que saldremos a la calle o nos quedaremos en casa a perseguir la chuleta (o el queso de puerco, dicen algunos).

Crawford Jolly Unsplash
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Creemos que cuando esto pase volveremos a ver a nuestros amigos y a salir con ellos. Que apenas podamos, realizaremos ese viaje pospuesto, esa aventura en espera. Que compraremos nuevos libros en las ferias para ponerlos en la cola de los libros por leer. Que volveremos a los bares, al cine, a la playa, a bailar la rumba. Que nos emborracharemos otra vez en la cantina, en el estadio, en esas comilonas con la familia.

Colin D unsplash
Colin D unsplash

Creemos que volveremos a desandar nuestros pasos lujuriosos a esos cuartos de hotel donde hemos sido felices. Que volveremos a abrazar y ser abrazados, a besar y ser besados. Que cocinaremos para alguien y que nos cocinarán.

Maria Lysenko unsplash
Maria Lysenko unsplash

Lo creemos todo, en la noche, antes de acostarnos. Lo damos por seguro sin saber, y parece que esa es, más que nunca, la única manera de poder vivir, de no ser devorados por el miedo. ¡Porque desde donde sea y como sea, tendremos que volver!

OMG! ¡Que se presente el desgraciado!

Julian Pinilla Unsplash

☕️👑👺

Por Carlos Rippol

He estado ahí cada vez que se han sentido en el infierno. He estado ahí detrás, escuchándolos. Todos han pasado por mi casa sin saberlo. Con todos he hablado y no lo han visto. No temo a los vampiros de las tinieblas. El lugar más horrendo de mi morada lo tengo reservado a los traidores. Tampoco temo a los rezos de las Iglesias de Estambúl que han puesto contra mí a todos los ángeles de dios. Soy más benefactor que malvado, aunque las historias sobre la gente que me ha vendido su alma son ciertas.

Zoran Borojevic Unsplash
Zoran Borojevic Unsplash

Me dan risa los conjuros mágicos. Me divierto poseyendo a los que participan. Dicen que alguien ya descubrió uno para llegar hasta mí: lo sigo esperando para disfrutar el terror que sentirá. No me agrada verme dibujado con cuernos y cola. No soy una bestia, ni tampoco una nube de gas venenoso, pero me gusta que me teman. No soy cruel. Doy a cada quien en su justa medida, pero a veces no puedo evitar ser abusivo. Vivo en exceso todo el tiempo. Nunca podrán verme pero estaré ahí. Algunos me reconocerán. Yo seré su adversario. Me han llamado el Maligno, el Tentador, el Padre de la mentira, pero yo he sido un Portador de Luz. Nunca me perdonarían todo lo que he hecho.

OMG! Entrenado para no llorar

Entrenado para no llorar

☕️🥺🥃

Por Carlos Rippol

Escucho en el comedor varias carcajadas. Ja, ja, ja. Mis hermanos y yo nos hemos reunido en casa de mi madre. La estamos pasando bien. Yo me he alejado un poco, hacia la cocina, a atender una llamada. Cuando regreso a la mesa todos están callados. Mi esposa, mi hija y mis dos hermanos tienen los ojos clavados en mi mamá, que habla muy bajito y de repente comienza a sollozar. Pero ese sollozo dura apenas unos segundos. Cuando mi hija se dispone a abrazarla, de inmediato se recompone y nos ofrece el postre.

Hay quienes se regodean en abrir las compuertas del llanto. El llanto es liberación, un potente desahogo. Y lo lloran todo. La felicidad, la tristeza, la memoria, el amor, el odio o el insomnio. Y nunca les faltan kleenex o pañuelos. Por el contrario, en mi familia llorar es un signo de debilidad imperdonable. Fuimos entrenados para no llorar, para limpiarnos las primeras lágrimas, levantar la cabeza y seguir adelante. Así que cuando mis hermanos y yo vimos a mi madre sollozar, simplemente callamos, nos quedamos quietos y esperamos a que siguiera el protocolo: secarse las primeras lágrimas, levantar la cabeza y seguir adelante. Recuerdo cómo de niños buleábamos a quien de entre los tres pretendiera un desacato a la sagrada ley de “no llorarás, serás de piedra”. Sólo estaba permitido si te rompías un hueso, temblaba fuerte o te raspabas hasta sangrar.  

Entrenado para no llorar
Julian Pinilla

La obediencia a esta sagrada ley me ha acarreado serias afectaciones estomacales. Me guardo todo. Seguramente también me ha sido útil, aunque no sepa bien para qué. Quizá por ello algunos consideran que una de mis “grandes cualidades”, dicen, es la resiliencia. 

Amo a mi hija con toda mi alma. Y a veces creo que ella no lo ve. ¿He fracasado en hacérselo sentir? No lo sé. Bueno, sí lo sé. Como aprendí de mi madre y de mi abuela, he tratado de decirle que la amo con la elocuencia de los hechos, he tratado de demostrárselo. Aunque evidentemente eso no es suficiente. O en todo caso, ambos hemos fracasado en hacer sentir al otro su amor. Porque en lo fría ella se parece a mí. 

Algunos psicólogos piensan que no deberíamos avergonzarnos de aquellas conductas que nos han servido en la vida para sobrevivir, como aguantarse el llanto, por ejemplo. Gracias a ellas seguimos de pie en la vida. Sólo cuando esas conductas ya sólo nos sirven para crearnos conflictos con el mundo y con quienes nos rodean, entonces es hora de hacer algo. Mi resistencia al llanto ha cabalgado fielmente con el sarcasmo y con mi evitación al contacto emocional, claro, donde está el mayor riesgo de vaciar las lágrimas. Quiero pensar que eso me salvó de mucho dolor y sufrimiento. Quiero convencerme de ello. Pero esa “gran cualidad” ahora me aleja de la gente que quiero, pone una barrera que me lastima. Es hora de hacer algo.

Quizá también pasa que con los años, a mis cuarenta y pocos, me he vuelto más sentimental. Cuando te haces viejo necesitas más muestras de afecto. Antes no me pasaba. Me parecía banal, convencional, hasta ridículo. Hoy empiezo a entender todo el significado que tienen un abrazo, una palabra, un beso. Su poder, el efecto que tienen sobre las personas es inmenso. Y también comienzo a darme permiso de llorar, de ser vulnerable, de romper la sagrada ley familiar, de no seguir más el protocolo. Me doy permiso de llorarlo todo, y llorarlo bien.

 

OMG! Aflicciones de un fisgón con insomnio.

Carlos Rippol

☕️🧐🥃

Aflicciones de un fisgón con insomnio

Por Carlos Rippol

En la acera de enfrente hay un hombre. No alcanzo a distinguir si es joven o viejo. Hay poca luz en donde está parado. Lo miro desde la ventana de mi apartamento, en el primer piso de un edificio en el centro de la ciudad. Son la 1:30 am. Inicia noviembre de 2020, el año de la pandemia, y el frío ya está aquí. No hay nadie más en la calle. Sólo el hombre que está ahí enfrente. ¿Qué hace ahí, a esta hora? Parece que se esconde. La fachada que está detrás de él pertenece a un hotel que ha permanecido cerrado desde que inició el confinamiento, hace ocho meses. Quizá ya no vuelva a abrir, como muchos negocios del barrio, que ya no abrieron. De repente el hombre camina unos pasos a su izquierda y levanta la vista. Luego da unos pasos a su derecha. Efectivamente, se esconde. Delante tiene tres macetones con arbustos que logran ocultarlo. Detrás tiene un enorme letrero que dice “Hotel Garage”. De repente se agacha y se pone en cuclillas. Comienza a palpar desesperadamente el piso con ambas manos, como si buscara tocar algo que se le perdió y no puede ver. Quizá un billete. Sigue a gran velocidad palpando el piso con las manos pero sin dejar de mirar hacia los lados. Busca dinero o estará buscando una bacha de mariguana. Según un vecino del edificio, al que apodamos “fisgón morbosón”, los cholos que viven en el barrio se dejan las bachas de yerba en los macetones de enfrente. Eso es solidaridad. “Coac, coac, coac”, se escucha de pronto esa sirena sorda que ahora acostumbran sonar algunas patrullas dizque para hacer notar su presencia. Y el chico se esconde rápidamente detrás de un macetón, y ahora lo puedo ver, sí, que es un chico, porque ha pasado bajo un rayo de luz del farol mientras se escondía de la patrulla. Es un chico que vive en la calle. Un chico como de quince, con las ropas sucias, con el cabello largo y sucio, y seguro conoce el rumor de las bachas y anda buscando una. Y como siempre me pasa, hubiera preferido no ver, no saber, pues ahora siento pena por él, y tristeza. Con tanto frío, con esos policías hideputa que nomás sirven pa joder. Y ni una puta bacha encuentra para que pueda olvidarse de todo. “Ese niño no debería estar ahí vendiendo dulces, sino en su casa, haciendo su tarea con un vaso de leche y galletas”, dice mi esposa cada vez que ve un niño trabajando en la calle. Y eso mismo pienso mientras me voy a dormir. Ese chico no debería estar ahí en la calle buscando qué fumar. O debería estar fumándose un porro pero en su casa, mientras ve netflix o escucha música. Pero el mundo es lo que es.

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