Fijar el tiempo: entrar en el universo de Graciela Iturbide

Fijar el tiempo: entrar en el universo de Graciela Iturbide

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Por Fernando González

 

Hay exposiciones que no se recorren: se atraviesan. Graciela Iturbide. Fijar el tiempo, presentada por el Banco Nacional de México a través de Patrimonio y Fomento Cultural Banamex, es una de ellas. La muestra celebra el reciente Premio Princesa de Asturias de las Artes 2025, pero más allá del reconocimiento, funciona como una invitación a mirar —y a mirarnos— desde otro lugar.

La selección de imágenes, realizada por la propia Iturbide, revela esa mirada tan suya: metafórica, intuitiva, profundamente sensible. Su fotografía se mueve entre el documento y la poesía, entre lo tangible y lo simbólico, como si cada imagen fuera una pregunta abierta más que una respuesta cerrada.

Fijar el tiempo: entrar en el universo de Graciela Iturbide

El recorrido comienza con una escena íntima y fundacional: la fotografía de su boda. Es la única imagen a color de la exposición y, además, está intervenida por Francisco Toledo. Desde ahí queda claro que este no será un tránsito convencional. Dos autorretratos de Graciela nos reciben como una doble puerta: su rostro y el de la fauna que la acompaña, como si la artista se desdoblara para recordarnos que toda identidad es múltiple.

Nada en su obra se queda en lo evidente. Lo cotidiano se transforma en misterio. Graciela aparece con serpientes en la boca, velando su mirada con dos aves —una viva y otra muerta— que condensan las grandes dualidades: vida y muerte, luz y sombra, Eros y Tánatos, yin y yang. Un pez descansa en su boca de pescado, pero no yace inerte: emite luz. Esa luminiscencia parece un lenguaje secreto, un alfabeto que no se pronuncia con palabras, sino con símbolos.

¿Son animales, espíritus, presencias? Tal vez sean su tona, su ch’ulel, los nahuales que emergen desde la cámara. En la obra de Iturbide, lo sagrado no pertenece solo al cuerpo humano. Habita también en lo zoomórfico y lo vegetal: cabras suspendidas en el aire, cactus del jardín botánico, árboles que se elevan como columnas de templos olvidados, pájaros que funcionan como mensajeros entre mundos. Todo convive en ese espacio donde, como ella misma dice, está “lo que se ve y lo que no se ve”.

Fijar el tiempo: entrar en el universo de Graciela Iturbide

Cada fotografía pulsa con las inquietudes personales y estéticas de una de las artistas más influyentes de nuestro tiempo. Desde sus primeros trabajos para el Instituto Nacional Indigenista —de donde surgen imágenes icónicas como Mujer ángel o su Autorretrato con el rostro pintado como mujer seri— hasta su serie en Juchitán, Iturbide construyó un lenguaje visual único. Uno capaz de capturar la fuerza simbólica de una boda, la intimidad de un baño o la energía colectiva de una marcha política.

La importancia de Graciela Iturbide radica precisamente ahí: en su capacidad de mirar sin exotizar, de documentar sin invadir, de poetizar sin artificios. Su fotografía en blanco y negro no teme a la sombra, porque sabe que en ella también habita la verdad.

Fijar el tiempo es, en el fondo, una exploración sobre el instante convertido en ritual. Un juego de apariencias donde nada es exactamente lo que parece. Una obra honesta, íntima y profundamente conmovedora que nos recuerda que la fotografía, cuando es verdadera, no solo captura el mundo: lo transforma.